Sin embargo, los cristianos de Oriente, no conciben la guerra de la misma manera que los de Occidente. Su iglesia rehusa la idea de la guerra santa y la concepción occidental de la Cruzada es lejana y extraña. Cuando el emperador bizantino NICÉFORO II Focas quiere proclamar que los guerreros caídos en los combates contra los musulmanes merecen la palma de mártires, choca con la resuelta oposición del patriarca y del clero. La regla monástica de las iglesias orientales, propugnada por san Basilio, niega la comunión durante tres años a todo aquel que haya matado a un enemigo. Por otra parte la peregrinación al reino de Jerusalén, al que Chipre pertenece, no despierta aquí el mismo entusiasmo que en Occidente. Contra el Islam, más que un combate religioso, Oriente organiza un intento de reforma doctrinal.
